viernes, 23 de marzo de 2007

SOBRE EL FEDERALISMO

(Nota. Esbozo de intervención en el acto sobre Federalisme, que se celebrará en el Ateneu de Barcelona el día 19 de Abril de 2007, organizado por la Fundació Catalunya Segle XXI. ¿Les interesará que hable cuando hayan leído lo que viene a continuación? Ya veremos...)

Aclaro de entrada que soy un federalista muy particular. Tanto es asi que no considero esta importante cuestión (el federalismo) como distintivamente central de la izquierda. Admito, faltaría más, que para quien se declare de izquierdas pueda serlo. Pero no para un servidor.

Y lo explico desde dos elementos: cómo entiendo que debe ser la izquierda y por la cosa de las prioridades.

Creo que la política de izquierdas debería tener como fundamental seña la cuestión social. Y, en consecuencia, esta es la prioridad. Así pues, yendo por lo derecho: para mí el federalismo no es la cuestión esencial de la izquierda. Por cierto, me gustaría citar a mi padre quien afirmaba que con frecuencia muchas prioridades equivalen a ninguna. Más todavía, estoy firmemente convencido que la izquierda –desde hace muchos años-- ha estado asimétricamente preocupada: ha dedicado menos tiempo a lo más esencial y más horas a lo menos importante. De ahí los enormes retrasos en la comprensión y el desvelamiento de los grandes cambios, económicos y sociales, que están en curso; de ahí las dificultades en procurarse una convincente representación de los intereses de las gentes de carne y hueso; y de ahí, también, el distanciamiento entre política y la ciudadanía.

Hizo bien la praxis socialista en situar en primer plano la cuestión social, y no estuvo atinada olvidando o relegando el federalismo. Tal vez, visto con un poco de serenidad, no podía abarcar tanto. Tiene razón Geoff Eley (“Un mundo que ganar”, Crítica, 2002) cuando escribe que el socialismo, entendido en su sentido más amplio, olvidó muchos e importantes temas. El federalismo, que lo cita indirectamente, fue uno de ellos.

Ahora bien, ¿se trata de que la izquierda recupere el tiempo perdido en torno al federalismo o, más bien, la cosa va por situar al federalismo, directa o indirectamente, como el eje por donde debe pivotar la izquierda? Son dos cosas distintas.

Por otra parte, pienso que tácticamente no es muy acertado situar ahora mismo la cuestión federal en el centro de las preocupaciones de la izquierda. Por dos razones cuya jerarquía conceptual no estoy en condiciones de ordenar. Una, lo importante es que se consolide el tierno itinerario de los nuevos Estatutos de Autonomía; dos, no me parece conveniente tensar la cuerda política todavía más de lo que está en la actualidad. Aunque también me valdría el orden inverso. En todo caso, para lo uno y lo otro se precisa el viejo concepto gramsciano de la hegemonía. Y el caso es que, mirando por todos los rincones, no veo cómo se puede establecer de manera creíble y no artificiosa una hegemonía –política, social y culturalmente-- que se granjee amplias bolsas de simpatía por la construcción federal del Estado y evite las menores en su contra. Desde luego, no creo que se pueda hacer sobre la base de decisiones a palo seco, esto es, al margen de políticas reformadoras en los campos sociales.

23.03.07

Esta será –no lo aseguro totalmente— la última entradilla sobre el federalismo antes del debate en el Ateneu barcelonés del 19 de Abril. Seguiré, pues, hablando de casi lo mismo y con el mismo carácter que los anteriores escritos: se trata de apuntes, de un esbozo para hilvanar mejor, y con tiempo, mi intervención en dicho acto.
Esto es lo que les pienso interpelar a los federalistas, ya sean los que lo piden para el ahora mismo (Josep María Balcells y algunos relevantes miembros de Ciutadans pel Canvi) o para quienes se lo toman con más sosiego. Les diré: vale, supongamos que las condiciones están maduras para esa gran operación; supongamos que la vieja señora, Doña Correlación de Fuerzas, nos guiña el ojo como diciendo que ahora está la fruta madura. Os interpelo, pues: ¿cómo interpretar el federalismo ahora y a partir de ahora?
Por ejemplo, supongamos que estoy delante de Toni Comín. Le diré: Oye, Toni, tengo la sospecha de que estáis planteando la cuestión federal como si todavía estuviésemos en el mismo eje de coordenadas del tradicional Estado-nación. ¿Me equivoco? Más todavía: oye, Toni, me da en la cabeza que estáis planteando la cuestión federal como si el paradigma fordista siguiera campando por sus respetos. ¿Estoy meando fuera del tiesto? Y, sigo con mis suspicacias: oye, Toni, ¿meto la pata si pienso que el planteamiento que hacéis sobre la cuestión federal parece olvidar que el patio de vecinos europeo es otra cosa? Darás en el clavo si contestas que es complicado discutir sobre sospechas. Vale, pero te respondo: resulta que no he visto novedades en el diseño que hacéis sobre el federalismo con relación a la “doctrina” tradicional, de un parte, y, de otra, no veo que relacionéis el asunto con las grandes transformaciones que están en curso. Es más, si me afirmas que lo tenéis escrito, dime dónde se encuentra para que un servidor, perinde ac cadaver, lo estudie detenidamente.
Esta mascletá continua de la siguiente manera: si genéricamente podemos hablar de valores federalistas, ¿cómo y de qué manera concreta los relacionamos con los intereses federalistas? Porque, se convendrá que no es infrecuente que algunos sectores de la izquierda les da algún repullo hablar de intereses. En este caso --queridos amigos, conocidos y saludados-- la relación entre valores e intereses me lleva a preguntar: ¿qué sectores de la ciudadanía son susceptibles de coaligarse de manera diversa en pos de la senda federal y quiénes serían los sujetos principales en esa caminata?
Quede claro: estas preguntas se hacen en el supuesto teórico de que Doña Correlación de Fuerzas –al igual que a Rebeca de Winter no la vemos en pantalla, pero juro por lo más terreno que ahí está, ahí está, viendo pasar el tiempo, como la Puerta de Alcalá-- nos diga: Adelante con los faroles que ya os echaré una mano.
Ahora bien, por si las moscas: sed precavidos; la tal doña es bastante versátil y poco de fiar.

miércoles, 14 de marzo de 2007

JOHN GRAY Y LA LEGALIZACIÓN DE LA TORTURA

Hace unos tres años que compré el libro de John Gray Contra el progreso y otras ilusiones, publicado por Paidós. No recuerdo muy bien porqué pero el caso es que, a pesar de que estaba en su lista de espera, iba retrasando su lectura. Lo lamento francamente. Porque con mucho retraso me he enterado de algunas cosas muy relevantes, tras haberme decidido a hincarle la muela al libro. El capítulo 15 se llama Una propuesta modesta en torno a la tortura. Y, comoquiera que iba en tren –interferido por los múltiples ruidos de los aparatejos que se ponen las personas, de toda edad y condición, en las orejas para oír siempre las mismas músicas-- no acababa de leer adecuadamente el texto del profesor Gray. Sólo entendía lo siguiente: el profesor estadounidense Alan Dershowitz –a quien Gray califica como “el más célebre defensor de las libertades civiles en aquel país”-- ha abierto un nuevo debate sobre la tortura, y que “la fuerza de sus argumentos promete transformar las instituciones liberales de todo el mundo”. Leamos, pues, lo que dice el norteamericano. El norteamericano afirma: hay que legalizar la tortura. Lo leo varias veces: no hay confusión, no padezco de paralexia. Me pregunto, mientras observo que un cincuentón pone los pies encima del asiento delantero, qué relación puede tener la legalización de la tortura con la afirmación de Gray de que estamos ante el más célebre defensor de las libertades civiles en América del Norte. Pero, antes de seguir la lectura, interpelo con malafollá granaína al cincuentón: “Caballero, ¿acaso estamos en su residencia?”, y le señalo su descompostura. El hombre baja los pies y pone cara de pocos amigos. Sigo leyendo a la espera de cómo le ajusta las cuentas Gray al profesor norteamericano. Vana ilusión: Gray se deshace en elogios, arremetiendo contra la moral de los que están en contra de la tortura y de su consiguiente legalización. ¿Será el humor inglés?, me pregunto. Ni hablar del peluquín. Gray sigue los pasos de este Dershowitz y lo pone en los altares. ¿Estoy leyendo bien o me distraen los ruidos y la breve relación con el caballero que ya no ha vuelto a poner los pies encima del asiento, aunque a lo lejos hay una cuarentona que sí los ha puesto, una vez que ha pasado el revisor? No hay confusión posible, Gray sigue en lo mismo. Y, no contento, organiza la traca final. Sobre chispa más o menos, dice lo siguiente: la tortura debería ser autorizada mediante orden judicial; los torturadores deberían ser gente experta, y deberían estar acompañados por un equipo de médicos y el correspondiente personal sanitario; comoquiera que eso traería repercusiones sicológicas (con pesadillas y otros trastornos), el Estado pondría a disposición de los torturadores unos equipos de psiquiatras. Más todavía, para que la actividad torturante tuviera prestigio, debería dársele el correspondiente prestigio social. Más todavía, no circunscribe sólo esta propuesta a los Estados Unidos, sino a todo el mundo. No puede ser, me digo. No estoy bien centrado en la lectura. Y me pregunto que dónde está el gato. Lo releo. No se trata de humor inglés. Sic et simpliciter es lo que dice don John Gray. Quien, no contento con lo ha dicho se descuelga así: Para que esto se ponga en marcha es preciso modernizar el Derecho. (Lo único que hago yo es añadir un subrayado por si el lector no ha caído en la cuenta) De donde infiero que esta palabra-contenedor (modernizar) está siendo utilizada, como he dicho en otras ocasiones, para freír una corbata o planchar un huevo. Llego a casa, y para que se me pase la raspa de bacalao que tengo en la garganta, me tomo una cervecita. Nota final: oigo las noticias. Al amigo Jon Sobrino lo quita de en medio ese señor que lleva bata blanca y zapatos de charol que responde al nombre de don Benito Dieciséis, con domicilio habitual en el Estado Vaticano. Otro traquito de cerveza. De momento se me ocurre una modesta prueba de solidaridad con Jon Sobrino. Busco si tiene un blog para ponerlo en mis conexiones, no lo encuentro. Vale, pongo en mi link dos nuevos: el de Leonardo Boff y el del pastor protestante barcelones Ignacio Simal.

lunes, 12 de marzo de 2007

LOS LÍDERES DEL LABOUR PARTY

Oído en la puerta de la catedral de Parapanda: “¿A partir de cuándo se fue jodiendo el Partido Laborista, Zabalita?” No sabe, no responde. Al quite está el maestro Ferino: “La cosa empezó a estropearse cuando un grupo de managers políticos del Labour empezó a considerar los bienes democráticos materiales como algo contingente”. Que, dicho a la pata la llana –si lo entiendo de manera clara-- quiere decir lo que sigue: hay que reconducir las tutelas del Estado de bienestar hacia el terreno de los negocios convencionales; tales protecciones tal vez tuvieran sentido en un momento histórico determinado como elemento de interferencia contra la pauperización. Las cosas, afortunadamente, han cambiado. Hasta aquí, ésta podría ser la idea de estos personajes. De ahí que, en cosa de una semana, los mismos managers (disfrazados de noviembre, como el coñac de las botellas, para no infundir sospechas) han puesto en marcha dos operaciones. La primera, de la que ya hemos hablado, se orienta a equiparar la condición femenina de las empleadas de la Función Pública a la del hombre macho, bajándoles a estos un cuarenta por ciento de sus sueldos. La segunda: los managers, instalados en el new-new-new-new Labour, se aprestan a una serie de medidas para la enseñanza. Aquellos jóvenes británicos, cuyos padres no tengan estudios, y quieran acceder a determinados niveles de enseñanza, recibirán una puntuación inferior que la de los hijos de papá letraheridos. No, no es ninguna broma ni, mucho menos, un infundio. Lee los periódicos de Albión y te enterarás. Que la lucha por el acceso a los saberes y conocimientos ha sido una de las constantes del movimiento de los trabajadores y de la izquierda en general, es cosa harto sabida. Y hablando de los británcos, ahí están las luchas de los levellers en el siglo XVII y de los cartistas, allá en el siglo XIX. Y de los fabianos, también del Labour y de las Trade Unions. Ni qué decir tiene que, de igual modo, los padres fundadores del sindicalismo italiano –Osvaldo Gnocchi Viani y Rinaldo Rigola-- tuvieron a la enseñanza pública como las niñas de sus ojos. Y no hace falta añadir, por más sabida, la larga tradición del sindicalismo y todas las familias de la izquierda política española con relación a dicha materia. Pues bien, los mánagers del new-new-new-new Labour plantean que, también en la enseñanza (uno de los bienes democráticos materiales más preciados) se produzca una cesura. Los mánagers del enésimo Labour parecen ser conscientes de que el paradigma fordista está transitando aceleradamente hacia otro lugar: tienen a Anthony Giddens para recordárselo. Aunque lo cierto es que no hay motivos para pensar que el profesor contradiga la importancia de los saberes y la formación en este nuevo paradigma post fordista. Así las cosas, ¿de dónde sacan los tan repetidos mánagers sus planteamientos? ¿Acaso podríamos considerar que festivamente los mánagers pertenecen a la cofradía del hombre que se creyó Jueves? Realmente provoca estupor repetir y argumentar estas cosas tan obvias. Pero tal vez no se deba echar en saco roto que los mánagers del requetenovísimo Labour puedan considerar que si Fukuyama liquidó la historia, ellos están para reabrirla... por otros medios. Naturalmente con la bendición de Tony Blair. Mi tío Ferino pensaba que los gordos --así eran llamados antaño los ricos en la Vega de Granada-- habían organizado explícitamente la incultura en todos los sitios. Pensaba que, según ellos, era sospechoso que los conocimientos de los de abajo sobrepasaran la regla de tres compuesta. De ahí saqué yo mismo, mucho tiempo después, la siguiente conclusión: el conflicto social es también y sobre todo una disputa de saberes. Y en los tiempos que corren, todavía mucho más. Por ejemplo, en los centros de trabajo innovados o tendencialmente innovados, el trabajo cambiante en sus espacios de autonomía y capacidad de innovación requiere una incesante capacidad para aprender: esta es, además, una piedra de toque para, desde la humanización del trabajo, generar más eficiencia en las empresas. La cuestión, lo he dicho en otras ocasiones, es que la flexibilidad (negociada, por supuesto) se entrelaza con el proceso de socialización de los conocimientos, tanto los concretos como los generales. En otras palabras, los bienes democráticos de los conocimientos y saberes están relacionados estrechamente con sus utilidades en el universo del trabajo concreto. Más todavía con las oportunidades indiscriminadas desde el principio de la enseñanza. Más todavía, utilizaré un argumento que los mánagers políticos del new-new-new-new Labour puedan entender: la formación y la cultura sin discriminación alguna es extremadamente útil para el sistema capitalista en sus formas actuales. Tal vez, lo diré tanteando la cuestión, no lo fuera tanto en el paradigma taylo-fordista. De hecho, el ingeniero Taylor lo dijo sin pelos en la lengua: si la organización del trabajo que yo diseño es científica, no necesito a los sindicatos; tan sólo se requiere e un trabajador que sea algo así como el gorila amaestrado (sic). En “Tiempos modernos”, Chaplin escenifica que ese trabajador sólo necesita mover el músculo a toda pastilla. Magnífico, porque en esa lógica el sistema fordista tenía asegurada dos cosas: 1) el brutal ajetreo de los músculos que no paran, y 2) la subalternidad que viene de la ignorancia organizada. Es materialmente imposible que estos mánagers no lo sepan, pues al fin y al cabo son hijos de papá: de papá con altos estudios, naturalmente. Pero, en un sentido contrario, caigo en la cuenta que no pocos hijos de papá letraherido suelen ser unos zoquetes caballunos. Y puestos a ajustarles las cuentas a los managers del new-new-new-new Labour, les recordaré que un oscuro compatricio de ellos, Míster Cant, de oficio guarnicionero, decidió emigrar a Prusia. Allí le nació su hijo, Manolito Cant. Andando el tiempo Manolito se convirtió en don Manuel, y decidió cambiar la luna menguante de la c por una k, dado que era más pertinente en la estética germana: sí, Immanuel Kant, hijo de un guarnicionero. De la que se libró Manolito Cant... Finalmente, ahí van a boleo algunas consideraciones con sus preguntas correspondientes. Si los adversarios del Estado de bienestar pretenden trasladar las importantes masas de capitales públicos al mundo de los negocios privados, ¿qué persiguen los managers del new-new-new-new Labour? Si las derechas más rancias organizaron de manera militante la ignorancia, ¿qué buscan los mánagers políticos con el planteamiento de puntuar a la baja a los hijos que no son de papá? Si los bienes democráticos fueron la niña de los ojos de las izquierdas, ¿qué son los managers del enésimo Labour? Y, definitivamente, ¿por qué pierdo el tiempo argumentando lo obvio cuando bastaría un rotundo ¡anda ya!? Una información aproximadamente plausible: podría ser que el mismísimo Kant, discutiendo con un colega académico, le contrarrestara los argumentos con un elegante, profundo y documentado: ¡Anda ya! (Du schezst!)

jueves, 22 de febrero de 2007

ALGO SOBRE LAS PALABRAS

jueves 22 de febrero de 2007

Ayer me dio una revotación mirando un concurso televisivo: un joven de unos veintitantos años perdió unos cuantos miles de euros porque no supo identificar que “orilla” es una parte del río. Justificándose después afirmó que toda la vida se había dicho “ribera”. Por lo que se ve el concursante nunca oyó (en ninguna de las dos versiones) el verso que dice: “¿No es verdad, ángel de amor / que en aquella apartada orilla...?” Ni tampoco, parece ser, que oyera cantar a su abuela el romance de Maria de las Mercedes (“no te vayas de Sevilla”), según la versión de doña Concha Piquer, cuando decía “mientras cantan en tono menor / por la orillita del Guadalquivir...” Que se jorobe el concursante.
Entonces fue, cuando sin estar debajo de un árbol, me puse a considerar: se pierden miles de palabras que son suplantadas por vocablos de chichinabo. Por ejemplo, retrete ha sido suplantado por lavabo cuando es evidente que vas a hacer de cuerpo, o sea: a cagar o mear.
Preocupante, cierto. Como lo es el deslizamiento de algunas palabras fuertes hacia lo inane.
Por ejemplo, la voz “solidaridad” vale ahora, según los chichinabos, para un cosido o un barrido. Pues solidaridad es utilizada en no pocas ocasiones como sinónimo de caridad u otras cosas que nada tienen que ver con lo uno y lo otro. Y de los deslizamientos se pasa a la neutralidad (véanse las aportaciones que el venerable “Anselmo Lorenzo” hace al respecto del sindicalismo neutro en este blog) de los conceptos. Veamos.
Hace unos tres años me quedé de piedra porque un “llamamiento conjunto” de nuestros dos grandes sindicatos convocaba al 1 de Mayo, o sea, al Uno de Mayo. Es evidente que el Día internacional de los trabajadores se celebra en esa fecha del almanaque: la del uno de mayo. Pero el concepto no va por ahí: va por el Primero de Mayo. Que no era una errata lo demuestra que, de manera repetida, se hablaba del Uno de Mayo. Curiosa esta transhumancia del Primero de Mayo al día uno de mayo...
Otro ejemplo: la expresión ‘diálogo social’ es utilizada de manera no infrecuente en substitución de ‘negociación’ o ‘concertación’ u otros más o menos similares. Como es perfectamente conocido el ‘diálogo social’ es la expresión que utiliza la Unión Europea, habida cuenta de la inexistencia (por ahora) de la negociación entre los --¡ay que se me escapa!-- de los agentes sociales: ¡se me escapó! Veamos, nada en contra tenemos con relación a ‘diálogo social’, incluso donde existe la negociación o concertación. No estamos hablando más que de la confusión terminológica de ambos conceptos que, aunque familiares, son parientes de tercer o cuarto grado.
Y nada digo de la utilización de la voz “infinitamente”, tal como la entiende (lo dijimos ayer) el consejero Zarrías, de la Junta de Andalucía: “Los andaluces han votado infinitamente a favor del sí al Estatuto de Autonomía”.
Los anteriores ejemplos podrían dar a entender que estamos ante una nueva versión de utraquismo lingüístico.
En resumidas cuentas, se olvida qué es la orilla del río y se acaba confundiendo la solidaridad con cualquier elemento gaseoso. Y, de ese modo, el uno de mayo aparece como el inicio del mes de las flores que infinitamente “relucen en los vergeles, orgullosos los claveles de la Vega de Motril”, como cantaba el genial vocalista, natural de Atarfe, Paquito Rodríguez. Así es que me alegré cuando el concursante perdió varios miles de euros (que en principio tenía asegurados) por desconocer la palabra orilla.
Postdata tosca. La segunda versión del Tenorio es, como aproximadamente sabemos, esta: “No es verdad, ángel de amor / que en aquella apartada orilla contemplé tus pantorrillas/ con la peor intención.

miércoles, 21 de febrero de 2007

EL REFERENDUM ANDALUZ



Se disfrace como se quiera, el resultado del referéndum andaluz ha sido un desastre sin paliativos. Sólo una estúpida magia verbal es capaz de –dicho lorquianamente-- disfrazarlo de noviembre para no infundir sospechas. Por ejemplo, el Consejero Zarrías, tras conocer el resultado y en comparecencia oficial, manifestó que “los andaluces han votado infinitamente a favor del sí”. No es que el mencionado consejero ignore el valor de “infinito” sino que probablemente utiliza una metáfora poética invadiendo el espacio de los poetas, poetas andaluces de ahora. O, tal vez, a Zarrías se le subió el porcentaje a la cabeza... Y, tras la infinita ocurrencia, el discurso es, obviamente, que la voz de los andaluces ha dado legitimidad al nuevo Estatuto. Son especulaciones las que se orientan a este tipo de razonamientos: si el PP hubiera estado por el voto negativo, la gente se hubiera tirado a la calle a votar u otras similares. Por la sencilla razón, en pura lógica, que esto no se ha dado. Lo que no quita que, séame permitida esta hipótesis, el PP iba con pocos arrestos, más bien con ninguno, a esta consulta. Lo que me lleva a considerar, de manera provisional, que –dado que los Apostólicos tenían ese comportamiento-- los andaluces (quiero decir los dirigentes políticos favorables inequívocamente del voto positivo) deberían haberse tirado a llenar las urnas. He hablado con mi cofrade Rafael Rodríguez Alconchel, un santaferino de reconocida sabiduría, y me dice: “que apenas si ha habido campaña, que casi no se ha tenido información...” Lo que, probablemente, ha influido. Pero, ¿eso explica el vasto nivel de abstención? Intuyo que no. Pienso que la panocha de las explicaciones no está suficientemente desgranada. Lo fastidioso del asunto es que se corre el riesgo de seguir sin explicaciones aproximadamente convincentes. El infinito voto afirmativo, de un lado, y las ventajas del abstencionismo, por otra parte, se encargarán de ello. La cosa irá por donde el refitolero de don Jacinto Benavente hacía exclamar al personaje Crispín al final de la obra “Los intereses creados”: ¿habrá suficiente tierra para tapar este asunto? El infinito voto afirmativo, por decirlo à la Zarrías, hará que se coaliguen muchas versiones para taponar el desastre sin paliativos, aunque ya los aullidos de los Apostólicos se han lanzado al corral, de manera obscena, echándole la culpa a Chaves y Zapatero. Y, de igual modo, las ventajas de la abstención también contribuirán a ir por la senda de lo que decía Crispín. ¿Ventajas de la abstención? Cierto, porque en la mayoría de las concepciones de la política instalada la participación es un fastidio pues se orienta a deliberar, como primer paso para controlar. Lo mejor es consolidar la democracia “de los expertos”, siguiendo las orientaciones del ingeniero norteamericano don Federico Taylor cuando afirmó: “si la organización del trabajo es científica, ¿qué pintan los trabajadores y los sindicatos?”. Sospecho que no habrá deliberación alguna para conocer las pistas que llevan a tan caballunas abstenciones como estamos viendo. Y tengo para mí que los dirigentes de la política instalada no comenten error alguno: cuando un pretendido error se repite ene veces no es tal, sino una opción tomada sabiendo su por qué. O, lo que es lo mismo: si nadie quiere meterle mano al conocimiento de las causas que provocan los altísimos niveles de abstención es porque nadie está interesado en sanar esa patología. Tres cuartos de lo mismo podemos decir por aquí: después de las últimas elecciones autonómicas y tras el resultado del referéndum del Estatut d’Autonomia, la mayoría de las formaciones políticas catalanas se empeñaron –eso dijeron mirando al tendío de sol-- en conocer las causas de la galbana electoral. ¿Sabe alguien si en alguna covachuela se está en ello? Por último: una voz conocida, relativizando las cosas de la abstención andaluza, me dice que no hay para tanto; que los suizos votan cada dos por tres en sus referendums con unos niveles de participación que no llegan a la suela de los zapatos. Vale, si el suizo es nuestro modelo, lo primero que se debe exigir es que, por lo menos, también afecte a la puntualidad: Mister Renfe debería copiar la cansina, aburrida, monónotona e injustificable puntualidad de los suizos que también es infinita.Post scriptum. De la misma manera que alguien acuñó el término “governance” (gobernanza), se propone la incorporación de la voz “participanza”. O sea, participanza es aquella participación de la gente que no llega al umbral de lo medianamente razonable.

lunes, 5 de febrero de 2007

A VUELTAS CON LA PARTICIPACIÓN

1.-- Me dicen algunos que siempre he tenido la querencia a mitificar “eso de la participación”. Tal vez sea verdad porque no es la primera vez que me lo echan en cara. De manera que no tengo más remedio que insistir sobre el asunto, y nuevamente volver a la carga. En todo caso, vale la pena matizar a estas voces amigas, conocidas y saludadas. Por lo general yo apenas he hablado de ‘la participación’, pues es algo que considero abstracto. Un servidor acostumbra a usar la expresión ‘hechos participativos’, pues en ellos donde la participación adquiere fisicidad. Más todavía, afirmo y recuerdo que siempre hablé de hechos participativos adecuadamente informados y suficientemente normados. Porque la participación anómica o es un paripé o, peor aún, una sonora tomadura de pelo: instrumental, por supuesto. De todas formas, en honor a quienes me llaman la atención utilizaré el vocablo que ellos emplean.

La participación –no considero necesario definir ese concepto a estas alturas-- tiene la posibilidad de poner encima de la mesa los saberes y conocimientos que existen en todos aquellos que quieren decir la suya. No escondo, claro está, que en los hechos participativos siempre hay una disputa de intereses y, bien mirado, como consecuencia existe una cierta pugna de intereses, más o menos aflorados, más o menos velados.¿Y qué? Lo contrario de la participación es la confiadamente acrítica delegación de responsabilidades que, de instalarse definitivamente, limitaría la densidad democrática de los sujetos sociales y políticos. Lo que, como estamos viendo, lleva a una determinada inhibición de la ciudadanía con relación a la vida democrática que, por lo general, acaba en la ‘experta’ gestión de políticos y técnicos. De ahí que, en mi artículo sobre “El catalanismo social” (también como antídoto) haya insistido cabezonamente en la importancia de la participación o, si se prefiere, de los hechos participativos. Me permito un inciso: no estoy impugnando la mediación, orientada a aproximar posturas de signo diverso.
Cuando con toda razón se plantea, directa o indirectamente, la democratización del trabajo; cuando atinadamente se demandan controles a los organismos públicos y a las instituciones; cuando se exige más transparencia en las decisiones que afectan a los ciudadanos, sin lugar a dudas se está hablando con propiedad. Una participación que no se plantea, desde luego, como una actividad fisiológica sino en clave de utilidades. Participación, control y transparencia conducen, como hipótesis fuerte, a utilidades. La ausencia de ello, como certeza, lleva a lo contrario.

2.-- La gradual desaparición del sistema fordista está dejando paso a un nuevo paradigma, así en el centro de trabajo como en la sociedad. Incluso el taylorismo está conociendo llamativas novedades (que, cierto, no impugnan su carácter de fondo) que ya no son las del viejo estilo prusiano: hay que evitar confundir el nuevo con el viejo taylorismo sin olvidar lo (mucho) que les une. Las acciones colectivas del sindicalismo confederal han tenido –no todo, pero sí algo-- que ver con la desfordización y las mudanzas del taylorismo. 

Pues bien, lo nuevo –que aparece unas veces de forma abrupta, otras de manera parsimoniosa--, lo nuevo, digo, posibilita una participación más cotidianamente normalizada. Hoy, la versatilidad de los nuevos instrumentos de producción y los nuevos materiales facilitan los hechos participativos, alargándolos y no estando sujetos a la coincidencia del tiempo y el espacio. Hasta hace relativamente pronto, la asamblea físicamente coral (todos en el mismo lugar y a la misma hora) era una condición necesaria. Las cosas han cambiado: además de la reunión físicamente coral, hoy se dispone también de aquellas maneras variadas que permite el nuevo paradigma post fordista.

3.-- No existen hechos participativos, como concreción de la participación, cuando se ejerce el asambleismo donde la arenga substituye a la palabra razonada. O por mejor decir, cuando la arenga suplanta la información escrita de los contenidos a tratar, expuestos con lenguajes inteligibles. Lo que tiene su especial importancia precisamente en los momentos de la negociación del convenio colectivo. La información suficiente, antes de la toma de decisión, debe ser una regla de oro para el buen ejercicio de los hechos participativos. Una buena práctica, en parecido orden de cosas, la podemos encontrar en el ius sindicalismo de Fiteqa. Esta organización federativa ha normado con acierto las condiciones para establecer los grupos dirigentes de la sección sindical de empresa. Es, indudablemente, una concreción de lo que podemos entender como ius sindicalismo (1).

De igual modo, también vale la pena salir al paso de lo que podríamos definir miradas distorsionadoras de la participación. Serían aquellas que se refieren a considerar ineludible la consulta participada de la gente en ciertas ocasiones y su contrario en otros momentos. Por ejemplo, no han sido infrecuentes las voces que se orientan a la decisión sólamente entre dos o tres personas cuando hay que convocar el conflicto; sin embargo, para proceder a la desconvocatoria se exige el baño democrático o, para ser más certeros, el placebo del asambleismo y la arenga. Y tres cuartos de lo mismo: para no firmar el convenio, basta la opinión de Pedro y Pablo, mientras que para estampar la rúbrica se aduce la necesidad del baño democrático. Esto es populismo del más rancio pelaje, no es participación. ¿Cosas del sindicalismo sólamente? No, no: hemos visto hace unos días que, para construir bolivarianamente el socialismo, se ponen todos los poderes en mano de un caballero. Lo que estaría rematadamente mal, incluso si los que delegan las responsabilidades están un año sin cobrar un duro como parlamentarios.

La participación, así pues, debe ser un acto con las mayores formalidades democráticas. Algunos de sus componentes (que, en parte hemos anunciado) deberían ser: a) la información por escrito de los contenidos a tratar y decidir, b) el establecimiento de los correspondientes quorums, y c) el uso más generalizado de la votación secreta, dejando el tiempo necesario para darle vueltas a la cabeza y decidir inteligentemente.

(1) Ver Isidor Boix y José Luis López Bulla: “Elecciones (sindicales) en Fiteqa”. Revista Derecho Social, núm.29. 2005


miércoles, 31 de enero de 2007

LUCES Y SOMBRAS DE LA ACCIÓN SINDICAL

No es infrecuente que la firma definitiva de los convenios colectivos esté precedida por referendums o diversas formas de consulta a los asalariados en la empresa. Por lo general, los trabajadores suelen votar en sintonía con la petición de sus representantes. Vale la pena decir que, según confirman los datos, Comisiones Obreras ha contagiado al resto de las organizaciones sindicales con esta forma de proceder, de la misma manera que Ugt, a su vez, ha contagiado también con otros estilos a CC.OO.
Este procedimiento suele fortalecer la acción sindical y la del comité de empresa, especialmente en ocasiones peliagudas. Por ejemplo cuando se demandan una serie de sacrificios al conjunto asalariado o cuando se proponen determinadas discontinuidades contractuales con relación a convenios anteriores.
Y bien, hace pocos días se ha firmado el convenio colectivo en Renault España. Los amigos de dia@dia del boletín de noticias Comfia.info me mandan cumplida información que el lector puede encontrar en el blog amigo siguiente:
Me importa decir que lo más probable es que un servidor, de estar en la misma situación que los firmantes (CC.OO., UGT y la Confederación de Cuadros) hubiera estampado mi firma. Pues no en todos los convenios se pueden tirar cohetes. Ahora bien, hubiera insistido hasta ponerme ronco en la necesidad de proceder a un referéndum en los centros de trabajo. Y, tal como he dicho anteriormente, me hubiera batido para que la respuesta del personal hubiera estado en sintonía con el preacuerdo sindical. Esto, por lo que se ve –según reza la noticia que nos ofrece el boletín de Comfia-- no se ha producido. Quien lo ha reclamado ha sido la CGT. Sospecho que quien más queda señalado es Comisiones. Primero, porque siempre ha ostentado el referéndum y la consulta como un método a generalizar; segundo, porque en estas ocasiones es la organización más sensible.
Pienso que los hechos participativos refuerzan la autoridad y la auctoritas del sindicalismo confederal. Creo, además, que no son un zarzillo de quita y pon. Es más, estimo que debería configurar un estilo de iusindicalismo, y por lo tanto adquirir rango de norma escrita.
Recuerdo, a tal efecto, el importante referéndum de los metalúrgicos italianos en torno a la propuesta de firma del convenio nacional del sector que hicieron las federaciones del ramo de los tres grandes sindicatos italianos. El personal acudió masivamente a votar y lo hizo de acuerdo con lo que se les pedía. Cuando el jurista Pietro Ichino se preguntaba días antes, de manera muy crítica, que dónde estaba el sindicato, le contesté: “Está votando, Pietro”. De hecho, esta manera de actuar era patrimonio casi exclusivo de la FIOM (los metalúrgicos de la Cgil); ahora el resto de las organizaciones lo han hecho suyo. Todos ellos han incrementado el nivel de afiliación. Y así es por lo general. Cuando el sindicato es un instrumento de (y no simplemente para) los trabajadores, las consecuencias suelen ser beneficiosas para el sintagma sindicato – trabajadores.

De ahí que, cuando las cosas no se hacen debidamente, se dan situaciones lastimosas. Por ejemplo, una empresa en la que un sindicato siempre ha hecho elecciones primarias para elaborar su lista de cara a las elecciones sindicales y en una ocasión no lo hace, acaba pagando el (¿descuido?) desliz.